jueves, 6 de septiembre de 2012

Mi madre niña

Hace cinco años que doña Druci partió para convertirse en la estrella que ella solía mirar silenciosamente en las madrugadas. A doña Druci le gustaba de vez en cuando contar como era la vida de ella cuando niña. Sobre todo nos contaba cuando le haciamos remilgos a la comida. Contaba ella que la imagen que se le venía a la memoria era la de una niña típica campesina del altiplano cundiboyacense. Una niña de rasgos indígenas, con sobrero y alpargatas muy gastadas. Una ruanita para protegerse del frío y unas manos hábiles para recoger las calabazas entre matorrales cuando el hambre en casa apremiaba. Doña Druci contaba que cuando las calabazas escaseaban y las alpargatas ya estaban completamente rotas, ella iba de casa en casa, descalza, pidiendo algo para comer. Eran tiempos duros. Por eso a doña Druci no le gustaban los remilgos. A ella le gustaban los balúes, las guatilas, los chontaduros o cachipayes, las chuguas y los cubios.