No sé si era una magnolia. La foto la tomé el año pasado cuando iba recogiendo mis pasos. Doña Druci fuí a su tumba hoy hace un año pero usted no estaba allí. Usted está como reflejo de agua pura en mi hermana. Usted está en los ojos de mi hijo Lucas, en los gorriones que veo cada mañana. Usted está allí y en mucho más pero sobre todo está usted en lo hondo de mi corazón muy bien arropada.
Aquí va una carta que mi hermano Carlos nos mandó a todos cuando nuestra madre murió.
ResponderBorrarMi siempre recordada y querida familia:
Conocí una mujer que le gustaba los versos de José Asunción Silva, como aquél que decía "Hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres y hay días en que somos tan fértiles tan fértiles..."; créanme era una mujer tan especial que a sus setenta años todavía era capaz de leer cuentos infantiles para sus nietecitos, estremecerse al escuchar la música de Beethoven, llorar de amor por su esposo ó simplemente sentirse feliz amasando el pan o haciendo los postres para la gente del pueblo en el que vivió sus últimos años.
Desde muy pequeña, conoció las más hondas tragedias y complejidades de la existencia humana y supo sobreponerse a ellas con gran arte y sabiduría, sin resentimientos con nadie, demostrando que la vida es bella vivirla y se puede vivir dignamente pese a las adversidades que vivamos.
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Amaba profundamente la vida, viviéndola intensamente en cada segundo de su existencia. Su amor hacia su madre y a sus hermanos y hermanas perduró siempre. Recorriendo el camino de la vida encontró a su Hombre, a quien amó hasta el último día de su existencia sin esperar nada a cambio.
Libró una batalla feroz contra la miseria humana hasta lograr trascenderla. Supo por experiencia propia lo que era la pobreza extrema y con audacia, sin hacerle daño a nadie, la superó. Su fe y su voluntad eran tan fecundas, que uno podía sentir la presencia de Dios al mirarla a los ojos.
Con su amado, fundieron en su cuerpo 4 bellas esculturas y fue capaz de tallarlas con una paciencia inusual, hasta dejar en cada una de ellas, su propia huella.
Atravesó valles y llanuras y hasta océanos y fronteras, cuidando las semillas que había sembrado y los frutos cosechados. Caminó por las arenas del mar en medio de los cangrejos recorriendo con sus pies la inmensidad de la vida. De ella se puede afirmar que sus ojos eran la expresión de su alma.
Cuidó su vida y la de los seres que le rodearon siempre y demostró que es posible vivir la vida plenamente. En la escuela de la vida aprendió a vivir cotidianamente de forma sana y limpia. Corría, cantaba, jugaba, reía y danzaba, haciéndose sentir parte del Universo.
Le doy gracias a Dios, por haber sido engendrado por esta mujer y a Él, le doy las gracias por haberla recogido en sus brazos de la forma en que lo hizo el día de ayer.
Ella era mi madre, que espiritualmente sigue estando con nosotros. Con amor para cada uno de Ustedes,
Carlos Enrique