
A mi Druci le gustaba ver las flores silvestres en el campo creciendo como si fueran maleza. Muy pocas veces le ví poner flores en un florero y si ponía alguna vez eran fresias que ella cortaba de su jardín para que dieran su aroma no sólo al jardín sino por dentro a nuestra casa. Así era ella... Nunca le dí flores a usted Doña Druci porque a mí tampoco me gustan las flores pomposas en los floreros. A veces le llevaba semillas o algún retoño para que los sembrara. Recuerdo las rosas de mil colores, el romero, el durazno, los geranios y las azaleas que estaban siempre felices a su lado como si usted fuera otra más de ellas, otra flor compañera... Pero la favorita de todas era siempre la violeta. Aquí las violetas son anuncio de mediados de primavera. Les gusta la sombra y la humedad y a penas si se ven. Así son las violetas, silenciosas, pero dan una fragancia difícil de olvidar. Usted me recuerda a las violetas y el olor de las violetas me recuerdan a usted... Si usted hubiera estado en primavera hubiera amado los retoños nuevos de los árboles, el olor a mañana recién lavada, las flores pequeñas que van apareciendo como bordados en los prados... Usted amaba también los árboles y hablaba de ellos como si fueran madres llenas de hijos (sus frutos). Algunos de esos frutos caían a veces en sus manos y se convertían en dulces memorables. Alguien traía brevas verdes a casa para que usted las convirtiera en delicias acarameladas de un dulzor que sólo la panela y sus manos podían dar a las brevas mas biches. Usted no lo sabía pero intuía que brevas en almíbar de panela era uno de mis regalos favoritos. Un día ellas se vieron haciendo un viaje interoceánico en compañía suya. Y es que para usted no había regalo imposible de dar y llevar. Mi regalo hoy es un brevo, un brevo no de solar sino un brevo silvestre de tierras mediterraneas. Un brevo por cosechar, para usted...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario